"Yo no vi su cuerpo, no pude despedirme, no puedo hacer el duelo"
Hoy, 31 de julio, se cumplen dos décadas de uno de los casos más conmocionantes de la historia reciente. Aunque la Justicia condenó a Susana Acosta y Nélida Fernández, el cuerpo de Betty Argañaraz jamás apareció. En una extensa charla, su hermana Liliana revive el dolor, cuestion…
Veinte años pueden alcanzar para cumplir una condena, cambiar una vida o dejar atrás una etapa. Pero no alcanzan para cerrar una herida cuando nunca apareció el cuerpo de la persona que falta.
El 31 de julio de 2006, Betty Argañaraz salió de su casa rumbo al Colegio San Francisco, donde estaba por concretar uno de los mayores sueños de su carrera: asumir como directora de la institución. Nunca llegó a destino.
Desde ese momento comenzó una búsqueda que, dos décadas después, continúa abierta para su familia, que sostiene que la verdadera justicia solo llegará cuando se conozca qué ocurrió con ella y dónde están sus restos.
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La desaparición de Betty dejó una herida que el paso del tiempo no logró cerrar.
Su hermana, Liliana Argañaraz, asegura que la ausencia de un cuerpo le impide atravesar el duelo y mantiene intacta la necesidad de seguir buscando respuestas.
"Yo no vi su cuerpo, yo no pude despedirme de ella, yo no puedo hacer el duelo porque todos los días es una constante de buscar qué puerta voy a golpear, a quién voy a hablar, quién me va a dar la ayuda que necesitamos."
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La proximidad del cumplimiento de las condenas volvió a poner el caso en el centro de la escena y, para la familia, también reabrió un profundo sentimiento de frustración.
Liliana sostiene que el foco dejó de estar puesto en encontrar a Betty y pasó a concentrarse en la situación procesal de las condenadas.
"Lamentablemente de Betty no se habla más. ¿De qué se habla? De los beneficios a las delincuentes."
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También cuestiona que, tras el juicio oral realizado en 2009, la investigación para localizar el cuerpo prácticamente perdió impulso.
Recuerda que el entonces fiscal Guillermo Giannoni había prometido continuar la búsqueda porque "a Betty había que recuperarla", aunque sostiene que con el paso de los años ese compromiso quedó diluido.
Además, reclama la creación de una fiscalía dedicada exclusivamente a casos de desaparición de personas.
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"He pedido una audiencia con el ministro fiscal y nunca me la concedieron. Lo único que necesito es que dispongan una fiscalía que se ocupe de la desaparición de personas, que se ocupe de Betty."
Durante estos veinte años, Liliana asistió a cada audiencia judicial.
Frente a las mujeres condenadas por el crimen, asegura que siempre formuló la misma pregunta, sin buscar revancha, sino una respuesta que permita cerrar una historia marcada por la incertidumbre.
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"Les imploro que tengan un poco de piedad con Betty. Que la devuelvan, que nos digan dónde está para poder recuperarla."
La familia sostiene que mientras el cuerpo permanezca desaparecido no habrá un verdadero final, porque no existe un lugar donde despedirla, llevarle una flor o atravesar el duelo.
Durante el juicio quedó acreditado que Betty tomó un colectivo rumbo al colegio y descendió en la esquina de Lavalle y La Rioja.
De acuerdo con la declaración del chofer y otros testigos, un automóvil blanco la esperaba en ese lugar. Desde entonces, nunca más fue vista.
Las pericias realizadas con luminol en el departamento de Susana Acosta detectaron rastros de sangre de Betty en una puerta, paredes y desagües del baño y la cocina, elementos que resultaron determinantes para las condenas.
Sin embargo, el cuerpo nunca apareció.
Para Liliana, esa ausencia fortalece una convicción que mantiene desde hace años.
"Yo creo que no fueron solamente ellas dos. Considero que hubo más personas involucradas en la desaparición de mi hermana."
Otro de los aspectos que más golpeó a la familia fue, según Liliana, la actitud del entorno donde Betty desarrolló gran parte de su carrera docente.
Afirma que, una vez iniciada la investigación, el Colegio San Francisco dejó de mantener contacto con ellos.
"Totalmente. Nunca más volvieron a comunicarse."
También recordó un episodio ocurrido en 2007, durante una reunión con el entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández, quien —según su relato— llamó al entonces cardenal Jorge Bergoglio para pedirle que intercediera.
Liliana asegura que la respuesta fue contundente.
"Hermano querido, dejá esas cosas para la Justicia."
"Fue durísimo."
No obstante, aclaró que nunca perdió la fe y diferenció a las personas de las instituciones religiosas.
Al recordar quién era Betty, su hermana evita hablar de cargos o reconocimientos.
Prefiere destacar su vocación por la enseñanza y el vínculo que mantenía con sus alumnos.
"El sueño de su vida le arrebataron. Betty vivía para su colegio, para los chicos. Ahí estaba gran parte de su familia."
La describe como una docente profundamente comprometida con la educación, las familias y el futuro de sus estudiantes, convencida de que la escuela podía transformar vidas.
A veinte años de la desaparición de Betty Argañaraz, la causa tiene condenados, pero todavía no tiene un cierre para su familia.
La ausencia del cuerpo mantiene abierta una herida que el paso del tiempo no logró cicatrizar.
Para sus seres queridos, la justicia no terminará cuando las condenas se extingan, sino el día en que alguien decida romper el silencio.
"Esto no va a terminar aunque recuperen la libertad. Es una necesidad, es amor. Lo único que pedimos es que nos digan dónde está Betty."
La historia completa aquí: https://youtu.be/IiXN6Wp0G-4?si=JZCmAjx5ql_RgBDC


