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Jueves, 3 de septiembre de 2026
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"Pasan cinco horas en el gimnasio": cuando la dismorfia muscular se confunde con disciplina

La presión por alcanzar un cuerpo musculoso puede empezar desde la adolescencia y pasar inadvertida detrás de hábitos que parecen saludables. Qué señales deberían conocer familias, docentes y entrenadores.

Victoria Reinoso3 min de lectura
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“Pasan cinco horas en el gimnasio”: cuando la dismorfia muscular se confunde con disciplina
“Pasan cinco horas en el gimnasio”: cuando la dismorfia muscular se confunde con disciplina

Resumen para apurados

La presión por tener un determinado cuerpo no afecta solamente a las mujeres. Entre adolescentes y jóvenes también crece la preocupación por alcanzar una apariencia cada vez más musculosa, impulsada en buena medida por las imágenes que circulan en redes sociales. En algunos casos, esa búsqueda puede convertirse en una obsesión y afectar la vida cotidiana.

Roberto Olivardia, especialista en imagen corporal y psicólogo clínico con tres décadas de experiencia, advierte sobre el crecimiento de la dismorfia muscular, un trastorno en el que la persona tiene una percepción distorsionada de su propio cuerpo y puede sentirse demasiado pequeña o poco musculosa incluso cuando su apariencia no coincide con esa percepción.

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La preocupación por el tamaño y la apariencia de los músculos no es nueva. Olivardia ubica parte de sus antecedentes en las décadas de 1970 y 1980, cuando las figuras de Hollywood popularizaron modelos corporales asociados con la fuerza, el éxito y la masculinidad.

Con las redes sociales, esa presión adquirió otra dimensión. Los jóvenes tienen acceso permanente a imágenes de cuerpos entrenados y a contenidos de influencers que presentan determinadas rutinas y apariencias como modelos de éxito.

El especialista señala además el peso de la llamada manosfera, un conjunto de comunidades digitales en las que algunos discursos vinculan la apariencia física con la masculinidad, el poder y la aceptación social.

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El problema aparece cuando esos mensajes comienzan a ocupar un lugar central en la vida de un adolescente. Olivardia advierte que un influencer puede tener muchas más horas de contacto con un joven que un profesional de la salud: mientras una consulta puede durar menos de una hora por semana, esos contenidos pueden consumirse durante muchas horas.

Una de las principales señales está en la manera en que la persona percibe su propio cuerpo. El joven puede verse demasiado pequeño o poco musculoso aunque objetivamente tenga un cuerpo atlético.

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Otra señal aparece cuando la preocupación comienza a interferir con otras áreas de la vida: el estudio, los vínculos, el descanso, las actividades sociales o el tiempo con la familia.

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"Tengo pacientes obsesionados con el ejercicio que pasan cinco o seis horas al día en el gimnasio y están completamente agotados", cuenta Olivardia.

Para el especialista, esa conducta puede pasar inadvertida porque desde afuera muchas veces se interpreta como compromiso, disciplina o voluntad. Por eso considera importante que padres, docentes y entrenadores presten atención cuando el ejercicio y la preocupación por la apariencia comienzan a ocupar demasiado espacio.

El fenómeno plantea también un desafío para las familias y para quienes trabajan con adolescentes. Hablar de alimentación, actividad física o imagen corporal desde la salud requiere evitar que el cuerpo se convierta en una medida de valor personal.

Las redes sociales pueden intensificar esa presión, pero también ofrecen una oportunidad para cuestionarla. Frente a la cantidad de imágenes y mensajes sobre cómo debería verse un cuerpo, especialistas recomiendan prestar atención a cuánto espacio ocupa esa preocupación en la vida de los jóvenes.

Porque el problema no está en querer hacer ejercicio o sentirse bien con el propio cuerpo. La señal de alerta aparece cuando la imagen corporal deja de ser una parte de la vida y empieza a organizarla.

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Nota basada en una publicación de La Gaceta. Primera Línea recopila, reedita y contextualiza la información.
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