Ota Benga: la trágica historia del hombre congoleño exhibido en una jaula del Zoológico del Bronx
En 1906, el Zoológico del Bronx de Nueva York presentó a un joven congoleño llamado Ota Benga como parte de una exhibición junto a un orangután en la "Casa de los Monos".

Ota Benga nació hacia 1883 en una zona boscosa cercana al río Kasai, en lo que hoy es la República Democrática del Congo, y pertenecía al pueblo mbuti, uno de los grupos conocidos genéricamente como batwa o "pigmeos" por su baja estatura. Según relatan distintas reconstrucciones históricas, entre ellas la investigación de la periodista Pamela Newkirk en su libro Spectacle: The Astonishing Life of Ota Benga, los detalles exactos de su vida antes de llegar a Estados Unidos siguen siendo en gran parte inciertos, ya que las versiones que dio con el tiempo el propio hombre que lo llevó al país nunca terminaron de coincidir entre sí.
Ese hombre era Samuel Phillips Verner, un explorador y misionero estadounidense que viajó a África central en 1904 en busca de personas para exhibir en la Exposición Universal de San Luis, Misuri. Allí, Ota Benga —junto a otros miembros de su comunidad— fue presentado ante el público como una muestra "del africano salvaje", en el marco de exhibiciones que buscaban ilustrar teorías entonces en boga sobre la evolución humana, la eugenesia y una supuesta jerarquía racial.
Terminada la feria, Benga regresó brevemente a África, pero volvió a viajar con Verner a Estados Unidos. Sin recursos y sin un lugar fijo donde alojarlo, el explorador recurrió a William Temple Hornaday, entonces director del recién inaugurado Zoológico del Bronx (o Parque Zoológico de Nueva York). Hornaday aceptó darle refugio, en parte por sugerencia de Hermon Bumpus, director del Museo Americano de Historia Natural, donde Benga había pasado un breve período siendo sometido a mediciones antropométricas.
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Al principio, Ota Benga podía moverse con relativa libertad por los terrenos del zoológico e incluso ayudaba a alimentar a los animales. Pero el 8 de septiembre de 1906, Hornaday decidió convertirlo en una atracción central: lo instaló en la Casa de los Monos, donde compartió jaula con un chimpancé llamado Dohong y otros primates durante alrededor de veinte días. Un cartel identificaba al hombre como "el salvaje africano", y el público —que llegaba en masa— lo incitaba a disparar flechas contra objetivos improvisados o a posar junto al animal, mientras se dispersaban huesos en el recinto para reforzar la idea de un comportamiento primitivo.
El propio The New York Times cubrió la exhibición en esos términos, con notas que describían a Benga como perteneciente a una raza que la ciencia de la época consideraba inferior en la escala humana.
La reacción no tardó en llegar. Un grupo de pastores afroamericanos, encabezado por el reverendo James H. Gordon, denunció públicamente el trato dado a Ota Benga y organizó protestas frente al zoológico, al considerar que la exhibición degradaba a toda la raza humana en general y a la comunidad afrodescendiente en particular. Ante la presión, Hornaday se vio obligado a retirar a Benga de la jaula, aunque el hombre continuó circulando por el predio del zoológico durante un tiempo más.
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Con el correr de los meses, Ota Benga pasó por distintas instituciones de cuidado hasta instalarse en Lynchburg, Virginia, donde recibió apoyo de la comunidad afroamericana local, aprendió inglés y llegó a trabajar en una fábrica de tabaco. Sin embargo, nunca logró reunir el dinero ni las condiciones para regresar al Congo, su objetivo declarado.
En 1916, con apenas alrededor de 32 años, Ota Benga se quitó la vida. Distintas crónicas atribuyen su decisión a la desesperanza acumulada tras años de desarraigo, humillación pública y la imposibilidad de volver a su tierra.
Durante décadas, la institución que hoy administra el Zoológico del Bronx evitó pronunciarse con claridad sobre el episodio; incluso un curador llegó a poner en duda, en un libro de 1974, que Benga hubiera estado realmente encerrado en una jaula para ser observado. Recién en 2020, en el marco de las protestas globales contra el racismo tras el asesinato de George Floyd, la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre —que administra el zoológico— emitió una disculpa pública. Su entonces directora, Cristián Samper, calificó lo sucedido como un acto de racismo imperdonable y la institución se comprometió a revisar su historia e incorporar el caso en sus programas educativos.
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Más de un siglo después, la historia de Ota Benga sigue siendo recordada como uno de los episodios más crudos del racismo científico institucionalizado en Estados Unidos, y como un recordatorio de cómo la ciencia y las instituciones públicas pueden convertirse en instrumentos de deshumanización.
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