La vuelta del hijo pródigo: Abelardo de la Espriella marca el retorno de Colombia a la órbita de Washington
Bogotá cierra el paréntesis de la izquierda con un ajustado triunfo de la ultraderecha que fractura al país en dos. Con el guiño de Trump, el presidente electo promete 'mano dura' institucional y reactivar la hist&oa…

Dacil Lanza
El primer experimento de la izquierda en el poder en Colombia está por convertirse en un mero paréntesis histórico. Después del triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella -cuya victoria se atribuyó Donald Trump como un éxito propio-, el país andino se prepara para el retorno a su "nave nodriza": la influencia estadounidense. El momento del paso de mando será el 7 de agosto, la tradicional conmemoración de la Batalla de Boyacá de 1819, que selló la independencia de España, pero el acto va a reflejar algo que pasó un siglo después de aquella gesta, cuando Colombia institucionalizó la doctrina de "mirar hacia la estrella del norte" -conocida como Respice Polum- bajo la premisa de que su construcción nacional dependía del alineamiento con Washington. Ahora, cuando el Pacto Histórico de Gustavo Petro entregue el mando, la brújula geopolítica de la nueva administración se va a alinear nuevamente con el norte que marca la Casa Blanca.
El Consejo Nacional Electoral terminó con la duda: el escrutinio definitivo de la segunda vuelta presidencial de Colombia habló y designó oficialmente a Abelardo de La Espriella como presidente electo para el periodo 2026–2030. Con 12.960.166 votos frente a los 12.708.312 de Iván Cepeda, la diferencia fue de 251.854 almas. La autoridad electoral insistió en la transparencia del proceso y el candidato del oficialismo también lo reconoció. "He decidido aceptar el resultado que surge del escrutinio y que señala que Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de la República", declaró en conferencia de prensa.
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Y desde Washington también llegó un reconocimiento. "Me gusta él -dijo esta semana Donald Trump- porque gusta de mí". Y agregó: "Lo apoyé. No lo conocía. Él estaba muy abajo en la lista. No iba a ganar, no tenía ninguna posibilidad de ganar. Lo apoyé y ganó", dijo a periodistas. Pero Colombia no es un país más que se suma al eje de Washington como ya lo hizo Argentina, El Salvador, Ecuador, Honduras, entre otros. Bogotá es el hijo pródigo. El autodenominado Tigre lo entendió y no esperó el llamado de Trump, sino que él fue quien levantó el teléfono después de la victoria para llamar al Despacho Oval.
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De los pocos temas que son prioritarios para el republicano en América Latina desde que volvió a la Casa Blanca y aggiornó la Doctrina Monroe de "América para los americanos" -sin que otra potencia meta la nariz en su "patio trasero"- el principal es la seguridad. Abelardo sintonizó enseguida con esa agenda y mandó señales en este sentido. "A esas personas que están al margen de la ley, un mensaje categórico: disponen de un mes para entrar en razón y organizar su sometimiento al Estado de derecho", dijo a los grupos -paramilitares, cárteles, guerrillas- que siguen en armas disputando soberanía al Estado Colombiano. Y volvió a criticar la política de negociar la paz, como pasó con las FARC durante el gobierno de Juan Manuel Santos o como propuso -sin éxito- Gustavo Petro con su política de "Paz Total": "En mi Gobierno no habrá ofertas generosas ni concesiones inaceptables como las que recibieron del régimen que está llegando a su fin", dijo esta semana.
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En la "era de El Tigre" la promesa es enfrentarse a "toda la capacidad del Estado y la determinación inquebrantable" de la fuerza pública. Lo que no deja claro es cómo un Estado que viene siendo superado por los grupos armados podrá de la noche a la mañana destruir sus capacidades, ni tampoco cómo va a hacer que un negocio rentable como el de la coca -Colombia es el principal productor mundial de cocaína- desaparezca con "bio herbicidas", como dijo en campaña y después de la victoria.
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Parte de la innovación de los grupos armados comenzó a quedar expuesta desde el año 2023. Según la organización líder de monitoreo de datos sobre localización y eventos de conflictos armados Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), ese año solo se registró un ataque de organizaciones armadas no estatales con uso de drones. Pero desde entonces, ese número solo crece: llegó a 38 en 2024 y a 149 en 2025. El Ministerio de Defensa de Colombia informó de un aumento aún más significativo: en 2023 ninguno, pero en 2024 fueron 61 y en 2025 llegaron a 333. La mayoría de los ataques con drones fueron contra la policía, militares y grupos armados rivales y muchos fueron reivindicados por combatientes del ELN y las disidencias de las FARC (los que no se plegaron al Acuerdo de Paz de 2016).
Con la misma certeza basada en ninguna premisa o propuesta realista o innovadora hasta el momento, Abelardo ya intenta dar lecciones a los mandatarios de la región. Dijo que "a los carteles mexicanos que están en el Cauca" -departamento colombiano en la costa del Pacifico- y al resto de "bandidos" que operan en Colombia los va a declarar "objetivo militar". Sheinbaum lo mandó a ocuparse de lo suyo: "Cada quien que se encargue de su parte, Colombia que se encargue de su parte. Y nosotros nos encargamos de nuestra parte (...) que atienda los asuntos allá", dijo la mexicana.
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Nada muy nuevo bajo el sol. Bogotá siempre fue uno de los casos de estudio en la academia que siguió el modelo de "aquiescencia" respecto a Estados Unidos. Con hitos como la guerra de Corea, cuando Colombia fue el único país de América Latina que mandó tropas y apoyo naval para combatir junto a EE. UU. en la península de Corea y que en 1961, fue elegido por el presidente John F. Kennedy para que sea la vitrina para lanzar la Alianza para el Progreso, un programa de ayuda económica y social diseñado para rivalizar con la influencia de la Revolución cubana y la URSS en la región.
En las décadas de 1980 y 1990, como continuidad de la guerra contra las drogas lanzada por Richard Nixon, llegó una agenda signada por la lucha contra el narcotráfico. La relación se "narcotizó", pasando a ser dominada casi exclusivamente por la seguridad. En el 2000, llegó el Plan Colombia. Pero si bien había sido diseñado bajo las administraciones de Colombia de Andrés Pastrana y de EE.UU. de Bill Clinton para el desarrollo social y la sustitución de cultivos, después de los atentados del 11 de septiembre, se reorientó hacia una estrategia militar. Washington inyectó miles de millones de dólares que fueron vistos más por las Fuerzas Militares colombianas que por cualquier rolo de Bogotá o paisa de Medellín.
En 2012, ya con Obama en la presidencia, entró en vigor un Tratado de Libre Comercio (TLC) que había sido negociado seis años antes. Este hito intentó diversificar la agenda bilateral más allá de la seguridad, convirtiendo a EE.UU. en el principal socio comercial e inversionista extranjero de Colombia. También con Obama hubo paquetes de financiamiento al Acuerdo de Paz firmado por el Estado y las extintas FARC. Pero ese también fue un paréntesis. La seguridad siguió dominando la agenda. En mayo de 2022, el gobierno de Joe Biden nombró oficialmente a Colombia como Aliado Principal No Miembro de la OTAN, un estatus diplomático y militar bilateral exclusivo otorgado por los Estados Unidos, consolidando el estatus estratégico de Colombia en la arquitectura de seguridad global de Washington.
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A mediados de 2022 llegó Gustavo Petro y con él, el primer gobierno de izquierda en Colombia. La dependencia económica no se alteró, Washington siguió siendo el principal socio comercial de Bogotá. Pero si la balanza comercial entre los dos países americanos era deficitaria hace diez años, ya con el Gobierno del Pacto histórico comenzó restar puntos a ese déficit alcanzando en 2025 números positivos para los colombianos.
Las cifras oficiales citadas por la propia Cámara de Comercio de Estados Unidos, Amcham, en Colombia muestran que más de la mitad de las manufacturas colombianas se exportaron a Washington. En concreto, entre enero y marzo de 2026, el país de Trump compró el 56% de las manufacturas que Colombia exporta al mundo. Esto, en un contexto en el que el sector cae a nivel global, pero hacia EE.UU. crece y en un momento en que muchos países de América Latina afianzan a China como principal socio comercial. Además, el 30% de las exportaciones totales colombianas van a "la estrella del norte".
Esto pone en contexto también que el Gobierno de Gustavo Petro no se dedicó a impulsar una ruptura total con la Casa Blanca, sino más a rivalizar simbólicamente -principalmente en Twitter/X- en temas como la deportación de migrantes por parte de Trump o la descertificación -la quita de la certificación- de Colombia como país que lucha contra el narcotráfico. Ahora, Abelardo tiene claro que no se va a alejar ni un casillero de Trump.
Un país dividido entre opuestos, expresado en menos de un punto de diferencia entre el candidato ganador y el segundo, no será sencillo. A de la Espriella no tiene un cheque en blanco y le espera no solo ser evaluado con sus propios parámetros de "victorias" y soluciones rápidas, además de rivalidades varias. Y es que gobernar sobre una fractura del 1% y con un Pacto Histórico que se retira del Ejecutivo pero que retiene una base electoral consolidada, lo que augura al 'Tigre' es más bien una fuerte resistencia en las calles y un Congreso fragmentado. Claro, como en Argentina, este podría alinearse ante el Ejecutivo, pero no todo.
Al haber acumulado casi 13 millones de votos, Cepeda queda como un candidato derrotado, pero no débil. Le va a tocar ser, si lo asume, la cabeza de la oposición institucional que además va a ser la más grande de la historia reciente. Su perfil -más negociador que el de Petro, aunque por momentos eso proyecta cierta debilidad- promete una oposición más centrada en la defensa de los Acuerdos de Paz de 2016 ante la Corte Constitucional y organismos internacionales. Y hay que recordar que fue quien logró la histórica escena de Álvaro Uribe sentado en el banquillo de los acusados.
La calle, que fue el escenario predominante de los últimos años de Iván Duque -delfín de Uribe- en tiempo pre pandemia y durante la misma, podría volver a ser protagonista. Y con una promesa de ser recibida por la "mano dura" o las garras del 'Tigre': Los sindicatos, las guardias indígenas y los movimientos estudiantiles que protagonizaron esos años las masivas protestas del llamado "Paro Nacional" o que después apoyaron las reformas de Petro podrían reactivar la movilización social si Abelardo intenta desmontar algunos avances sociales o recortar garantías constitucionales por el ya clásico y cada vez más frecuente argumento en Latinoamérica de la Seguridad Nacional. Este modelo restrictivo ya se ve en la región con Nayib Bukele en El Salvador pero también con Daniel Noboa en Ecuador y desde la salida de Pedro Castillo en Perú, cuando Dina Boluarte declaró estados de excepción en zonas del país que ahora será gobernado por Keiko Fujimori.
Al final del día, el paso de mando en Bogotá va a marcar el cierre de un ciclo excepcional y la reactivación de un reflejo centenario: Colombia va a volver a mirar con admiración ciega a la "estrella del norte", alineando sus prioridades con una Casa Blanca que premia la lealtad absoluta y la doctrina de la fuerza. Pero la pregunta de cuánto más Donald Trump habrá por delante no es tan desatina. El republicano que volvió al Despacho Oval ya no tiene la misma fuerza después de bombardear América Latina, de iniciar guerras en Medio Oriente y de no cumplir ninguna de las promesas de paz que hizo en campana. Ahora, la imagen del mandatario de 80 años no repunta en las encuestas y su salida podría dejar desorientados a sus aliados. Además, en 2026 la realidad colombiana es más compleja que las promesas simplistas de campaña: los bioherbicidas no van a detener la rentabilidad de la coca, ni la retórica belicista de Abelardo van a neutralizar los drones de los grupos armados. En un país dividido, donde la mitad del electorado respalda un modelo de paz y derechos humanos, el próximo gobierno de ultraderecha podría toparse muy rápido con la certeza de que es más fácil firmar la vuelta al alineamiento histórico en los despachos de Washington, pero que gobernar un territorio en disputa permanente va a requerir mucho más que el visto bueno de Donald Trump.


