La estirpe del campeón le alcanzó a Argentina para sobrevivir, pero el fútbol deberá aparecer si quiere defender el título
La "Scaloneta" reaccionó cuando estaba contra las cuerdas, volvió a demostrar el carácter que la hizo campeona del mundo y encontró una remontada épica. Sin embargo, Egipto confirmó que los problemas defensivos, la falta de gol de los delanteros y la dependencia de Messi siguen s…

Resumen para apurados
Hay clasificaciones que transmiten tranquilidad y otras que encienden alarmas. Algunas que te dan la chapa de candidato y otras que te dejan en claro que si no se levanta la guardia, el golpe puede llegar en cualquier momento. Y la de Argentina frente a Egipto pertenece claramente al segundo grupo.
Sí, la Selección está en los cuartos de final. Sí, volvió a demostrar por qué hace casi cuatro años se acostumbró a competir hasta el último segundo. Y sí, otra vez apareció ese espíritu inquebrantable que la llevó a conquistar el mundo en Qatar.
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Cuando estaba dos goles abajo, cuando el partido se le escapaba y cuando el funcionamiento no encontraba respuestas, el equipo no bajó los brazos. Empujó, llenó el área rival, terminó con Cristian Romero jugando prácticamente de centrodelantero, encontró el descuento, y después fue a buscar el empate y la victoria con una convicción admirable.
Pero hubo otro protagonista que también sostuvo a la Selección cuando más lo necesitaba: la gente. Hasta Atlanta el aliento había acompañado, como ocurre en cada presentación de Argentina. Pero esta vez fue diferente. Cuando Egipto dominaba el partido, cuando el reloj empezaba a jugar en contra y cuando el equipo parecía no encontrar el camino, los hinchas hicieron lo que tantas veces hicieron en la historia de la Selección. Empujaron, cantaron como nunca antes en este Mundial y transformaron un estadio estadounidense en una cancha argentina. El "Argentina, Argentina" cayó desde todos los sectores y terminó convirtiéndose en un jugador más. Esa energía también fue parte de la remontada.
Sería un error, sin embargo, quedarse únicamente con la épica. Porque Egipto no descubrió problemas nuevos. Confirmó los que Argentina viene arrastrando desde el comienzo del Mundial y que, hasta ahora, Lionel Messi había conseguido disimular con su talento.
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Durante la fase de grupos alcanzó. Alcanzó porque apareció el capitán, porque resolvió partidos con goles, asistencias o jugadas imposibles. Esta vez también terminó siendo decisivo con el empate, pero durante buena parte del duelo se lo vio desconectado, lejos del área y sin poder romper el partido como acostumbra. Y cuando Messi dejó de resolver todo poco más de 70 minutos, las falencias colectivas quedaron completamente expuestas.
Argentina volvió a sufrir atrás. No fue un problema exclusivo de los centrales ni de los laterales. Fue un problema de funcionamiento. Egipto encontró espacios con demasiada facilidad, atacó con velocidad, manejó la pelota durante largos pasajes y generó la sensación de que cada avance podía terminar en gol.
La apuesta de Lionel Scaloni por incluir a Leandro Paredes para darle mayor solidez al medio campo tampoco no alcanzó. El volante de Boca tuvo momentos y aportes cruciales (como ese corte siendo último hombre en el minuto 90), pero el equipo siguió llegando tarde a las coberturas. Otra vez Argentina volvió a quedar partido en las transiciones y otra vez padeció cuando el rival aceleró.
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Tampoco aparecen buenas noticias en ataque. Más allá de Messi, Argentina sigue dependiendo demasiado de soluciones aisladas. Julián Álvarez volvió a tener situaciones, Lautaro Martínez ingresó con energía, Nicolás González le dio otra intensidad al ataque, pero los delanteros continúan sin transformar en goles lo que el equipo genera. Y en un Mundial, esa falta de eficacia suele terminar pasando factura.
Lo preocupante es que ninguna de estas dificultades apareció por primera vez en Atlanta. Ya se habían insinuado en partidos anteriores. La diferencia es que antes el talento de Messi alcanzaba para taparlas, pero esta vez no. Y eso obliga a mirar más allá del resultado.
Claro que tampoco sería justo caer en una crítica despiadada. Los campeones tienen algo que muy pocos equipos poseen: la capacidad de competir incluso cuando juegan mal. Y Argentina volvió a demostrarlo.
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Sacó adelante un partido que parecía perdido, apeló al carácter, a la rebeldía y al convencimiento de un grupo que nunca deja de creer. Ese ADN sigue intacto y probablemente, en este momento, sea su mayor fortaleza. Pero también conviene decirlo: la épica no puede transformarse en un plan de juego.
Porque habrá partidos que se podrán dar vuelta desde el corazón y habrá noches en las que el empuje de la gente, el orgullo de este plantel y la jerarquía de sus futbolistas alcanzarán para sobrevivir. Sin embargo, defender un título mundial exige mucho más que eso.
Exige volver a ser un equipo confiable, recuperar la solidez defensiva, encontrar respuestas ofensivas que no dependan exclusivamente de Messi y corregir errores que el torneo viene mostrando desde hace varios partidos.
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Argentina sigue viva. Y mientras siga viva, será candidata. Pero a partir de ahora el margen para esconder las falencias detrás de la estirpe del campeón empezó a achicarse. Porque el corazón puede rescatarte una tarde, pero es el fútbol el que termina llevándote hasta la Copa.


