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Frida y Diego, un último encuentro en el Día de Muertos

En una de las salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), un árbol de ramas rojas se alzaba desde una cama azul. Sus formas se extendían hacia lo alto, mientras a su alrededor convivían pinturas, fotografías históricas y estructuras que parecían pertenecer a un escenario teatral.

Sol Garcia Hamilton9 min de lectura
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Frida y Diego, un último encuentro en el Día de Muertos
Frida y Diego, un último encuentro en el Día de Muertos

Resumen para apurados

Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.

Durante nuestra cobertura de New York Fashion Week para La Gaceta Lifestyle, en septiembre de este año, visitamos Frida and Diego: The Last Dream, una exposición dedicada a Frida Kahlo y Diego Rivera que permaneció abierta entre el 21 de marzo y el 12 de septiembre de 2026. La muestra reunía obras originales de ambos artistas dentro de una escenografía inspirada en una producción del Metropolitan Opera, uno de los teatros de ópera más importantes del mundo.

Detrás de aquella puesta había una historia que comenzaba en México, muchos años antes. Una ficción imaginaba que Diego Rivera, envejecido y próximo a morir, tenía una última oportunidad de encontrarse con Frida, fallecida tres años atrás. El encuentro sucedía durante el Día de Muertos, la celebración mexicana en la que las familias recuerdan a sus seres queridos y esperan simbólicamente su regreso. Así, una tradición centenaria se convertía en el punto de partida de un relato sobre la memoria, la creación artística y una relación que había atravesado el amor, los conflictos y las separaciones.

México, 2 de noviembre de 1957. Diego Rivera visita un cementerio mientras los habitantes del lugar se preparan para recibir a las almas de sus familiares fallecidos. El pintor tiene 70 años, su salud está deteriorada y la ausencia de Frida Kahlo todavía lo acompaña. En medio de la celebración, reúne el valor para pedirle que regrese una vez más. Lo que sucede a continuación pertenece a la ficción, aunque sus protagonistas hayan existido realmente.

Esta es la premisa de "El último sueño de Frida y Diego", una ópera compuesta por Gabriela Lena Frank, con libreto del dramaturgo cubanoestadounidense Nilo Cruz. La obra se estrenó originalmente en la Ópera de San Diego el 29 de octubre de 2022 y llegó al Metropolitan Opera de Nueva York en mayo de 2026, con una nueva producción dirigida y coreografiada por Deborah Colker. A diferencia de una biografía convencional, la historia no intenta reconstruir los acontecimientos de la vida de la pareja, sino imaginar qué podría suceder si ambos recibieran una última oportunidad de encontrarse.

La posibilidad aparece gracias a La Catrina, un personaje que en la ópera actúa como guardiana del mundo de los muertos. Ella busca a Frida en el inframundo mexicano, conocido como Mictlán, y le comunica que Diego necesita verla antes de morir. Sin embargo, la pintora no recibe la propuesta con entusiasmo. Después de una vida marcada por el dolor físico y por una relación sentimental difícil, encontró cierta tranquilidad en la muerte y no desea regresar a un mundo que le recuerda tantos sufrimientos.

Su decisión comienza a cambiar cuando un joven actor que conoce en el inframundo despierta en ella el deseo de volver a pintar. Finalmente acepta regresar, aunque La Catrina le impone dos condiciones. Su visita durará solamente 24 horas y no podrá tocar a los vivos sin exponerse nuevamente al dolor que conoció durante su existencia.

Cuando ambos vuelven a verse, recorren espacios ligados a su pasado, entre ellos el Parque de la Alameda y la Casa Azul. En esta última, Frida intenta pintar, pero descubre que no tiene reflejo y, por lo tanto, no puede recurrir a su propia imagen como lo hacía en sus autorretratos. La historia avanza entre recuerdos, reproches y acercamientos, hasta que Diego debe enfrentarse a su propia muerte.

Cada año, entre finales de octubre y principios de noviembre, numerosas familias mexicanas preparan sus hogares y cementerios para celebrar el Día de Muertos. La conmemoración reúne flores, música, comidas y encuentros familiares que mantienen presente la memoria de quienes fallecieron. Aunque sus costumbres varían según las regiones y comunidades, la celebración comparte una manera particular de relacionarse con la muerte, en la que el recuerdo también encuentra espacio para la alegría.

Una de las creencias centrales de esta tradición es que las almas de los seres queridos pueden regresar temporalmente al mundo de los vivos. Para recibirlas, las familias preparan ofrendas con fotografías, velas, alimentos y objetos personales. Las imágenes permiten reconocer a quienes son recordados, mientras que las comidas evocan sus gustos y las velas sirven como una guía simbólica para su regreso.

Los días centrales son el 1 y el 2 de noviembre, asociados en el calendario católico con Todos los Santos y los Fieles Difuntos, respectivamente. En numerosas comunidades mexicanas, el primero se dedica especialmente a los niños fallecidos y el segundo a los adultos, aunque las fechas y los rituales no son idénticos en todo el país. Algunas celebraciones comienzan varios días antes y otras se prolongan durante noviembre.

La historia de esta conmemoración también es más compleja de lo que suele contarse. Su configuración actual se relaciona con prácticas indígenas de culto a los antepasados y con celebraciones católicas introducidas durante la colonización española. Aunque frecuentemente se habla de una combinación de ambas tradiciones, los especialistas no coinciden por completo en cómo se produjo ese proceso.

En 2003, la UNESCO proclamó las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad y, en 2008, las incorporó a su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. El organismo destacó su importancia para las comunidades indígenas y su vinculación con el ciclo agrícola del maíz.

Diego Rivera nació en Guanajuato en 1886 y Frida Kahlo en Coyoacán, Ciudad de México, en 1907. Aunque pertenecían a generaciones diferentes, ambos desarrollaron sus carreras en un país atravesado por las transformaciones que siguieron a la Revolución mexicana de 1910. En ese contexto, el arte adquirió un papel importante en los debates sobre la identidad nacional, las culturas indígenas y las desigualdades sociales. Rivera y Kahlo incorporaron estas inquietudes a sus obras, aunque lo hicieron desde lenguajes muy distintos.

Rivera se convirtió en uno de los principales exponentes del muralismo mexicano, un movimiento que buscaba llevar el arte a los espacios públicos y acercarlo a sectores amplios de la población. Sus grandes composiciones reunían campesinos, trabajadores, figuras históricas, escenas de la vida cotidiana y referencias a las culturas indígenas. En sus murales, la pintura también funcionaba como una herramienta política y educativa, capaz de contar historias colectivas a través de imágenes monumentales.

Kahlo desarrolló un lenguaje diferente, centrado especialmente en el autorretrato y en la representación de sus experiencias personales. Su obra incorporó vestimentas tradicionales, animales, plantas, símbolos religiosos y referencias a las costumbres mexicanas. Sin embargo, esos elementos no aparecían simplemente como detalles decorativos. La pintora los utilizaba para construir imágenes sobre su identidad, sus vínculos familiares, las transformaciones de su cuerpo y la manera en que se veía a sí misma.

Una de las obras que formaron parte de la exposición del MoMA permite comprender esa construcción personal. En Autorretrato con pelo cortado, realizado en 1940, Frida aparece sentada en una silla, vestida con un traje masculino y rodeada de mechones de cabello que parecen haber sido cortados recientemente. La pintura surgió después de su divorcio de Rivera y se aleja de la imagen con vestidos tradicionales y peinados elaborados que la artista había utilizado en numerosas ocasiones. A través de su apariencia, Kahlo reflexionaba sobre la separación, su autonomía y las distintas formas de representar su propia identidad.

La relación entre ambos comenzó en 1928 y se transformó rápidamente en una de las historias más conocidas del ambiente artístico mexicano. Se casaron en 1929, se divorciaron diez años después y volvieron a contraer matrimonio en 1940. Durante esas décadas compartieron intereses políticos y proyectos culturales, pero también atravesaron infidelidades, conflictos personales y períodos de distanciamiento. Diego mantuvo una relación con Cristina Kahlo, hermana menor de Frida, mientras que ella también tuvo otros vínculos sentimentales. Su historia estuvo lejos de responder a la imagen de una pareja idealizada.

Diego alcanzó reconocimiento internacional a través de sus murales y Frida desarrolló una obra que, con el tiempo, adquiriría una enorme presencia en museos y colecciones de todo el mundo. Ella murió en julio de 1954, a los 47 años, mientras que Rivera falleció en noviembre de 1957, a los 70.

Durante la década de 1920, Diego Rivera realizó una serie de murales en el edificio de la Secretaría de Educación Pública de Ciudad de México. Entre ellos se encuentra Día de Muertos: La Ofrenda, una escena que reúne a distintas personas alrededor de un altar decorado con velas, alimentos y flores de cempasúchil. La pintura llevó una celebración tradicional mexicana a las paredes de un edificio público, convirtiendo una práctica familiar y comunitaria en parte de una obra monumental.

La exposición del MoMA incluyó un estudio para esta composición, realizado con tizas de colores y carboncillo sobre papel, fechado por el museo en 1925. La pieza pertenece a su colección permanente y establecía una conexión entre la tradición mexicana y la historia que inspiró la muestra. De esta manera, el Día de Muertos no aparecía únicamente como escenario de la ópera, sino también como parte de la producción artística de Rivera.

Otra figura relacionada con el imaginario mexicano es La Catrina, cuyo antecedente fue la Calavera Garbancera, creada por el grabador José Guadalupe Posada como una crítica social. Décadas después, Rivera retomó este personaje en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, de 1947, donde lo representó con un vestido elegante y un sombrero llamativo. Su reinterpretación contribuyó a popularizar la imagen que hoy se asocia con la festividad y que, en la ópera, adquiere un nuevo papel como guardiana del mundo de los muertos.

La exposición fue organizada por Beverly Adams, curadora de arte latinoamericano del MoMA, junto con el diseñador británico Jon Bausor, quien también estuvo a cargo de la escenografía de la ópera. Su propuesta consistió en presentar las obras originales de ambos artistas dentro de un espacio inspirado en el lenguaje teatral, donde las pinturas dialogaban con los elementos del escenario.

El diseño incorporaba referencias a la vida y la producción artística de Frida y Diego. Las formas orgánicas del árbol rojo evocaban la anatomía humana y el universo corporal de Kahlo, mientras que la cama azul remitía a un objeto recurrente en su historia personal. Por su parte, los andamios de madera recordaban el trabajo muralista de Rivera y las cortinas, las plataformas de colores intensos y la iluminación reforzaban el carácter escenográfico de la instalación.

Dentro de ese ambiente se exhibían seis pinturas y un dibujo de Kahlo, junto con más de una docena de obras de Rivera y fotografías históricas de ambos. Entre las piezas se encontraban El venado herido y Zapata, líder agrario, además de diseños de escenografía y vestuario que Rivera había realizado para el ballet H.P. (Horsepower). La muestra recuperaba también una relación histórica con el MoMA, que había dedicado una exposición individual al muralista en 1931, cuando el museo llevaba apenas dos años de existencia.

La exposición terminó el 12 de septiembre, después de casi seis meses en Nueva York. En la ficción, Frida había recibido apenas 24 horas para regresar al mundo de los vivos, pero en el MoMA su historia encontró otra manera de continuar. Las pinturas que rodeaban aquel árbol rojo habían sido creadas décadas antes de que existiera la ópera y, sin embargo, fueron capaces de inspirar un encuentro que sus autores nunca llegaron a imaginar.

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Nota basada en una publicación de La Gaceta. Primera Línea recopila, reedita y contextualiza la información.
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