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Domingo, 28 de junio de 2026
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El único habitante de Sol de Mayo no puede ver el Mundial: la última inundación se llevó su televisor

Lino Navarro vive desde hace más de medio siglo en un paraje del departamento Graneros que quedó prácticamente deshabitado por las inundaciones. Perdió el televisor durante la última crecida y ahora solo se entera de los partidos de la Selección cuando alguien llega hasta su ranc…

Benjamín Papaterra5 min de lectura
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El único habitante de Sol de Mayo no puede ver el Mundial: la última inundación se llevó su televisor
El único habitante de Sol de Mayo no puede ver el Mundial: la última inundación se llevó su televisor

Resumen para apurados

En Sol de Mayo ya no hay reuniones para ver a la Selección. Tampoco televisores encendidos, gritos de gol ni vecinos comentando las jugadas de Lionel Messi. Solo queda Lino Navarro. Desde hace más de 50 años vive en ese paraje del departamento Graneros que el agua fue vaciando lentamente. Hoy, según los pobladores de la zona, es el único habitante permanente que permanece allí. En un lugar donde alguna vez hubo familias, caminos, una escuela y casas distribuidas entre el monte, el Mundial ya no se vive como en otros rincones del país. En su caso, directamente dejó de entrar a la casa.

La última inundación se llevó el televisor con el que pudo seguir los partidos del Mundial pasado y no pudo volver a comprar otro. Aunque algunas veces llega la electricidad, ya no tiene dónde mirar a la Selección. La Copa del Mundo, ese ritual que durante un mes paraliza ciudades, bares, oficinas y hogares, en Sol de Mayo depende de algo mucho más simple: que alguien llegue hasta su rancho y le cuente cómo salió Argentina.

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Ahora, la única manera de enterarse de cómo le fue al equipo de Lionel Scaloni es preguntar. "¿Cómo salió Argentina?", suele consultar cuando recibe una visita. La escena resume la distancia que existe entre este rincón del sur tucumano y el resto del país. Mientras millones de personas siguen cada jugada desde un celular, una computadora, una radio o un televisor de alta definición, Lino reconstruye los partidos a través de la memoria ajena. Los goles, las atajadas y las jugadas de Messi no llegan en vivo: llegan después, convertidos en relato, cuando alguien cruza el monte y se acerca hasta su casa. Llegar hasta allí tampoco es sencillo.

Después de atravesar la vieja zona de la Escuela N° 151 de Sol de Mayo, el camino obliga a cruzar un arroyo que, según los pobladores, se formó después de la inundación de 2017. No hay puente. Tampoco una pasarela segura. Apenas un tronco tendido entre las dos orillas y un palo que sirve como sostén para hacer equilibrio hasta alcanzar el otro lado. Del otro lado aparece otro paisaje.

La casa de Lino es la única construcción habitada en medio de un campo con césped, árboles secos y grandes charcos de agua estancada. A lo lejos se ven sus cabras. Alrededor, el silencio parece más fuerte que cualquier sonido. Varias viviendas que alguna vez pertenecieron a otras familias hoy apenas conservan algunas paredes castigadas por el agua. También está la casa de su madre, cuya estructura está casi caída. Todo habla de un paraje que fue quedando solo.

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Lino nació en Santiago del Estero, pero llegó a Sol de Mayo hace más de medio siglo. Se instaló allí para criar animales y terminó haciendo de ese lugar su vida. Durante años convivió con otras familias, pero las crecidas comenzaron a repetirse y muchas personas decidieron marcharse. Él eligió quedarse. La explicación es directa. "¿Qué va a hacer? No queda otra. ¿De qué voy a vivir?", responde cuando le preguntan por qué sigue en el lugar.

Los cabritos son su principal sustento. Criarlos, cuidarlos y venderlos es la actividad que todavía lo mantiene en Sol de Mayo. Pero incluso esa tarea se volvió cada vez más difícil. Para sacar los animales hasta algún punto de venta debe atravesar caminos complicados y sectores donde el agua vuelve a imponerse. A veces, cuenta, aunque se traslade en moto, el agua llega casi hasta la cintura. Vivir allí exige una rutina marcada por el aislamiento.

Cuando las lluvias golpean fuerte, los accesos se vuelven casi imposibles. La última inundación fue la peor que recuerda. No solo le quitó el televisor. También lo obligó a dejar su casa durante meses.

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"No le puedo decir la desgracia más grande. Estuve cuatro meses sin poder vivir en la casa. No un día... cuatro meses", recuerda. Aun así, nunca abandonó definitivamente Sol de Mayo. Volvía cada vez que podía porque allí estaban sus animales. "Si no estoy, ¿quién los va a cuidar? A veces, me quedaba y no tenía para comer", explica.

En medio de esa situación, dice, los cabritos también sufrían. Para él, irse del todo nunca fue una opción real. Sin animales, no hay trabajo. Sin trabajo, no hay forma de sostenerse. Por eso, aunque el agua haya cambiado caminos, derrumbado viviendas y vaciado el paraje, Lino sigue allí. Cuando se le pregunta qué debería cambiar, no habla primero de la luz ni del televisor. Su preocupación principal es el agua.

"Lo único que hace falta es que hagan un canal y arreglen el camino", sostiene. Cree que una obra sobre el cauce y una mejora en los accesos podrían darle otra oportunidad a la zona. Sin eso, Sol de Mayo continuará dependiendo del clima, de las crecidas y de la resistencia de quienes todavía se animan a permanecer. En su caso, esa resistencia también tiene una escena mundialista.

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Mientras en gran parte del país las familias se acomodan frente al televisor para ver a Argentina, Lino espera que alguien llegue con noticias. No puede ver los partidos. Tampoco puede seguir las estadísticas ni mirar las repeticiones de los goles. El Mundial le llega tarde, contado por otros, como si cada resultado tuviera que cruzar primero el barro, los senderos y el arroyo antes de alcanzar su rancho. En un país donde la Selección suele reunir multitudes, en Sol de Mayo queda un solo hombre esperando que alguien le diga si Argentina volvió a ganar.

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Nota basada en una publicación de La Gaceta. Primera Línea recopila, reedita y contextualiza la información.
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