El fenómeno Poncho

Gran vidriera. Acompañado por Daniel Scioli, el gobernador Jalil obsequia un poncho al Chaqueño Palavecino.
Sin novedades: las cifras confirmaron la magnitud del fenómeno Poncho.
Se registraron más de 1.700.000 visitas al Predio Ferial a lo largo de los diez días que duró la Fiesta. Con un promedio de 3,7 visitas por persona, significa que más de 462 mil personas pasaron por el evento. Es un número impactante, cuyas proyecciones se potencian con los resultados de la encuesta cualitativa.
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Seis de cada 10 turistas llegaron a Catamarca por la Fiesta del Poncho, el 15% la vivió por primera vez.
El 97% calificó positivamente la edición de este año, mientras que el 78% consideró que mejoró respecto de 2025 en organización, distribución de espacios y servicios.
El 88% de los más de 1.800 expositores evaluó como muy buena o buena tanto la organización general como el sector donde participó y el 95% manifestó su intención de volver a formar parte de la próxima edición. Para el 62%, la Fiesta del Poncho mejoró respecto de 2025. Un 27% participó por primera vez.
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Pese a los bolsillos flacos, la facturación superó en un 20% la del año pasado: $6.102 millones entre artesanos, diseñadores, productores regionales, comerciantes y gastronómicos, contra $5.083 millones de 2025. Cifras nominales, es cierto, pero que no dejan espacio a dudas sobre la resistencia del Poncho a los embates de las crisis.
La organización permitió generar más de 3.000 puestos de trabajo directos, principalmente en gastronomía, servicios, logística, producción y atención al público.
Estos números se trasladan al movimiento turístico general. Sólo en la Capital, el impacto económico de la temporada invernal superó los $2.200 millones, con una ocupación hotelera del 80%, más de 3.000 turistas y 4.000 excursionistas. Los "hostels" registraron un 100% de ocupación y los "apart hoteles" un 98,3%.
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Más de 462 mil personas pasaron por la Fiesta del Poncho en la edición de este año, con un promedio de casi cuatro visitas cada una. Más de 462 mil personas pasaron por la Fiesta del Poncho en la edición de este año, con un promedio de casi cuatro visitas cada una.
Tamaños indicadores no son resultado de la magia, sino de una acertada decisión del Gobierno provincial en el marco de su política turística.
La importante y sostenida inversión en el mejoramiento de la infraestructura y la organización del Predio Ferial y sus aledaños, pero sobre todo en la promoción de la Fiesta por todos los medios y en todos los terrenos disponibles, se traduce en utilidades incontrastables para la Provincia. El capital simbólico del Poncho arroja ganancias tangibles.
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No es casual que el gobernador Raúl Jalil se ocupe de invitar a la Fiesta del Poncho a cuanto interlocutor se le pone a tiro, en público o en privado. Un aporte de promoción que se suma a la millonaria inversión económica del Gobierno para proyectar el evento.
Catamarca cuenta con bellezas naturales únicas a las cuales se puede acceder actualmente con facilidad. El ejemplo más notable en tal sentido es el de la Puna antofagasteña.
La difusión general de las riquezas paisajísticas y culturales engarza en torno al Poncho, la gran vidriera. Hace tiempo ya que ha dejado de ser "la fiesta más importante" de invierno. Sin falsas modestias, se trata de un evento único en el país, logrado con el trabajo conjunto de los sectores público y privado, coordinado por el Gobierno.
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Resultados económicos, satisfacción de los participantes y de turistas que trasmitirán sus impresiones en el invalorable "boca a boca", renovadas expectativas para la próxima edición… Todo eso es mucho importante cuando se le suma una felicidad popular alcanzada sin demagogia.
Rumbo a las seis décadas de vigencia, el Poncho se ha transformado en un tiempo de encuentro para la gente, mucho más valioso en estos tiempos en los que priman grietas y animadversiones odiosas.
Es, como ya se ha consignado en este mismo espacio, un credo sin herejes en Catamarca, que no requiere oponerse ni criticar a nadie para ganar visibilidad y prestigio. Un elemento más para enarbolarlo con legítimo orgullo provinciano.


