Diario de viaje: el partido que más necesitaba no estaba en el calendario
Mientras mis compañeros de El Albañil FC jugaban en Tucumán, una invitación inesperada me llevó a una cancha de Miami. Una hora detrás de una pelota alcanzó para resetear la cabeza y volver a sentir que, incluso a miles de kilómetros, algunas rutinas nunca se pierden.

Resumen para apurados
Los miércoles, a las nueve de la noche de Argentina, mi cuerpo ya sabe qué hacer. Cambiarse, atarse los botines, saludar a los muchachos, entrar a la cancha y jugar al fútbol. Es una rutina que llevo incorporada desde hace tiempo junto a los chicos de El Albañil FC, mi equipo que juega en el torneo de Las Cañas.
No hace falta mirar el reloj. Llega el miércoles y, casi sin pensarlo, aparece el fútbol. Ese entrenamiento que tan bien le hace al cuerpo, al corazón y la mente.
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Sólo que esta vez el calendario me encontró a más de 6.000 kilómetros de Tucumán. En Miami y cubriendo un Mundial, pensé que iba a extrañar esa costumbre. Hasta que apareció una invitación inesperada. Un partido de fútbol 8, con argentinos, uruguayos, colombianos y otros tantos que se fueron sumando a partir de una invitación de boca en boca. Incluso el folclorista Christian Herreratambién cambió el escenario por una cancha sintética y una pelota.
Durante una hora dejamos de ser periodistas, músicos, trabajadores o turistas y fuimos, simplemente, un grupo de tipos con ganas de jugar al fútbol. Y qué bien hace eso.
Llevo semanas viviendo a otro ritmo. Duermo poco, viajó mucho, las jornadas comienzan temprano y terminan bien entrada la noche. Hay conferencias, entrenamientos, partidos, aeropuertos, hoteles y kilómetros de por medio. Y en medio de esa intensidad, correr detrás de una pelota durante una hora terminó siendo mucho más que hacer actividad física. Fue apagar la cabeza, resetearla, volver a empezar.
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Mientras el partido avanzaba, por momentos me olvidé del Mundial. No pensé en la formación de la selección argentina, ni en la próxima cobertura. Mucho menos en la próxima nota que debía escribir. Solamente pensé en dar un pase, en llegar a una pelota antes que el rival, en reírme de un caño y en pedirla una vez más. Sin darme cuenta, también volví un rato a Tucumán.
Porque mientras nosotros jugábamos en Miami, seguramente mis compañeros de El Albañil estaban haciendo exactamente lo mismo de siempre. El mismo miércoles, a la misma hora, en la cancha de siempre y con las cargadas de siempre.
Hay rutinas que uno descubre que extraña recién cuando las pierde y también hay otras que, inesperadamente, aparecen a miles de kilómetros de casa para recordarte quién sos cuando dejás de trabajar por un rato.
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Cuando terminó el partido volvieron las acreditaciones, las conferencias, los entrenamientos y el Mundial. Pero algo había cambiado.
Muchas veces pensamos que descansar es no hacer nada y este miércoles por la noche confirmé que, al menos para mí, descansar también puede ser correr detrás de una pelota durante 60 minutos.
Porque el Mundial puede llevarte a cualquier rincón del planeta, pero hay un miércoles, una pelota y una cancha de fútbol que siempre encuentran la manera de acercarte otra vez a casa.


