Crónicas de la zamba que me baila el destino
Por Belen Cianferoni
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Crónicas de la zamba que me baila el destino Crónicas de la zamba que me baila el destino
Hola, croniqueros. ¿Cómo están? ¿Todo lindo? Espero que los fuegos artificiales hayan acariciado sus retinas y que alguna bebida, espirituosa o no, haya acompañado su día. Nuestro día.
Yo anduve algo convulsionada con los eventos de estos días. No sé si se enteraron, pero me extrajeron algo muy importante. Pero bueno, la vida es así. Te da y te quita.
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Ya pasó. Me duele, pero mando esa incomodidad al aire para que salga a pasear lejos y moleste a otro, porque por aquí tengo mucho que hacer.
Estas experiencias te ayudan a ver lo que en verdad importa. Y también de qué cosas es mejor no aferrarse, porque se las lleva el viento salamanquero.
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No le pasó nada a mi familia. Estoy bendecida. Pero qué macana con el carnaval, che. Mandinga me robó. Por culpa del mismo diablo, sin notebook me he quedado yo.
Una anda así, bailando zamba con el destino. Por ahí es dulce y por ahí amarga.
Lo amargo de la vida es cuando no nos vemos en los ojos del otro.
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Así que hoy vamos a hablar de tipos de vecinos.
Porque uno descubre que los vecinos son como la familia: no los elige, pero aprende a quererlos... o, por lo menos, a entenderlos.
Primero está el Vecino Bombero. Ese que se pone a construir y martillar justo a las tres de la tarde, en pleno rigor de la siesta santiagueña, cuando hasta las chicharras se callan por respeto. Vos ahí, entregada al sueño como quien se entrega a la fe, y de repente ese golpeteo maldito te devuelve al mundo de los vivos sin permiso.
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Después tenemos al Vecino Chusma, que tiene el oído más entrenado que perro de puestero. Vive pegado a la medianera. Vos discutís con tu marido en voz baja y al otro día ya lo sabe hasta la panadera de la esquina. Ese no necesita antena; tiene alma de antena.
Está también el Vecino Podador Injusto. El que le da una tijereteada al árbol de su casa y toda la rama, toda la hoja, toda la desgracia cae para tu vereda. Y después una barriendo mientras él toma fresco mirando el trabajo ajeno como quien mira una zamba bien bailada.
No puede faltar el Vecino Cumbia 4x4. Ese que un viernes cualquiera decide que su casa es la Media Cancha y a las dos de la mañana vos rezándole a todos los santos, incluido Mandinga si hace falta, para que se le corte la luz.
Y el Vecino Que Pide Pero No Devuelve, un clásico de todos los pagos. Te pide la sal, el azúcar, el limón, la escalera y hasta el alma, si pudiera. Pero eso sí, cuando vos necesitás algo, de golpe se hace humo como salamanca al amanecer.
Está el Vecino Estacionador Compulsivo, que tiene toda la calle para elegir pero se instala justito en tu vereda, como si la casa fuera de él y vos la inquilina. Uno ya ni se enoja; ya le charla al auto directamente.
Y para cerrar, el más triste de todos: el Vecino Que No Saluda. Ese que cruza la mirada y la esquiva, como si el "buen día" le fuera a costar un impuesto. Cuando tienes un inconveniente y no te pasa ni las imágenes de la cámara. Cuando te tropiezas, te pasa por encima.
Y una vuelve a pensar en eso que decía hace un rato: lo amargo de la vida es cuando no nos vemos en los ojos del otro.
Porque al final de cuentas el barrio es eso, ¿no? Un mate que se comparte o un mate que se guarda. Una mano que se tiende o una persiana que se baja. Un "¿cómo andás?" dicho con ganas o un silencio que levanta más paredes que cualquier ladrillo.
Y una elige, todos los días, qué vecina quiere ser.
Así que ahí tienen, croniqueros. La fauna vecinal de Santiago, retratada con cariño y alguna que otra bronca digerida al sol de la siesta.


