Amigas, amigos; un tesoro que necesita ser cuidado
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Hay tesoros que no se encuentran buscando, que llegan a nuestra vida casi sin darnos cuenta y que, con el paso del tiempo, descubrimos que tienen un valor incalculable. Son esos seres que llamamos amigas, amigos, personas que aparecen en distintos momentos de nuestro camino. Algunas llegan en la infancia y permanecen durante décadas, otras aparecen cuando ya somos adultos y nos sorprenden con una conexión profunda, y también están aquellas que llegan para acompañarnos durante un tramo determinado, cumpliendo una misión quizás breve, pero significativa. Porque la amistad, como tantos vínculos importantes, no siempre se mide por el tiempo que dura, sino por lo que somos capaces de compartir, aprender, sentir y construir mientras estamos juntos.
Tener amigas y amigos es, para mí, tener un tesoro, pero como todo tesoro, necesita ser cuidado. Y quizás aquí esté una de las preguntas que vale la pena hacernos: ¿cuánto cuidamos realmente nuestras amistades? Muchas veces damos por sentado que quienes nos quieren estarán allí para siempre, que podemos desaparecer durante meses y luego regresar como si nada, que podemos no preguntar cómo están porque suponemos que todo está bien, que podemos postergar ese encuentro, esa llamada, ese mensaje, porque creemos que habrá tiempo. Y sí, quizás lo haya, pero también puede suceder que un día descubramos que el tiempo pasó, que las circunstancias cambiaron y que ese vínculo que creíamos indestructible necesitaba de nuestra presencia mucho más de lo que imaginábamos.
La amistad necesita presencia, aunque no necesariamente una presencia permanente o invasiva. Necesita interés genuino, escucha, respeto, libertad y también reciprocidad. Alguien con quien construir un espacio donde ambos podamos ser quienes somos, sin máscaras, sin exigencias y sin miedo a ser juzgados. Qué maravilloso es tener a alguien con quien podamos hablar de nuestras alegrías, pero también de nuestras tristezas; contar nuestros proyectos, pero también nuestras inseguridades; reírnos de nosotros mismos y, cuando sea necesario, llorar juntos.
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Hay amistades que son refugio, esas donde podemos llegar cansados, confundidos o vulnerables y no necesitamos explicar demasiado. Basta una mirada, un abrazo, una taza de café, un mate compartido o simplemente el silencio. Y hay otras que son espejo, aquellas personas que nos quieren lo suficiente como para decirnos lo que quizás no queremos escuchar, pero necesitamos escuchar. A veces cuidar también significa poner un límite, señalar una contradicción, hacernos una pregunta incómoda o mostrarnos aquello que nosotros no estamos pudiendo ver.
Cada vínculo puede convertirse en una oportunidad de encuentro, de contacto y también de crecimiento. Cuando nos encontramos verdaderamente con otra persona, no se trata de perder nuestra identidad para fusionarnos con ella, sino de poder acercarnos conservando nuestra individualidad. Yo soy yo, vos sos vos, y desde allí podemos encontrarnos.
Una amistad saludable no necesita posesión. No tenemos amigos para que nos pertenezcan ni para ocupar un lugar exclusivo en sus vidas. Cada persona tiene otros vínculos, otras historias, otras necesidades y otros espacios. Amar una amistad también significa respetar su libertad.
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Celebrar a una amiga o amigo cuando consigue aquello que soñaba, acompañar cuando alcanza una meta, emocionarnos por sus alegrías. También debemos aprender a cuidar nuestras amistades desde la comunicación. No hacer conjeturas, no acumular silencios, no interpretar automáticamente una ausencia como desinterés.
Preguntar. Escuchar. Hablar. Decir "te extraño", "me preocupé", "me dolió", "necesito hablar contigo" puede evitar que pequeñas incomodidades se conviertan en grandes distancias. Y, por supuesto, existen amistades que terminan. Algunas porque las circunstancias cambian, o nuestros caminos toman direcciones diferentes y algunas porque descubrimos que ya no existe reciprocidad, respeto o bienestar.
No todas las amistades están destinadas a durar toda la vida, y aceptar esto también forma parte de crecer. Mientras haya un vínculo que queramos conservar, vale la pena ocuparnos de él. Una planta puede ser hermosa, pero si nunca la regamos, terminará marchitándose. Con las amistades sucede algo parecido. Y quizás hoy sea un buen momento para mirar nuestra propia vida y preguntarnos quiénes son esas personas que han estado, nos han sostenido, han celebrado nuestros triunfos, nos abrazaron en nuestras pérdidas, o nos hicieron reír cuando parecía difícil hacerlo. Tal vez descubramos que tenemos más riqueza de la que creíamos.
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Cada amistad deja una enseñanza. La amistad es uno de esos regalos que la vida nos entrega en forma de personas; un tesoro que cuidar, Y si hoy tenemos la suerte de contar con alguien que nos quiere, nos escucha y nos acompaña, hagamos algo sencillo pero poderoso: cuidemos ese vínculo. Llamemos, abracemos, agradezcamos, estemos. Digamos ese "te quiero", ese "te extraño", ese "qué bueno que estés en mi vida" que tantas veces dejamos para después. Porque el tiempo pasa, las circunstancias cambian y la vida nos recuerda, una y otra vez, que los tesoros más importantes no son los que guardamos, sino aquellos que tenemos el privilegio de compartir. Por eso, cuidemos nuestros tesoros mientras los tenemos cerca.
Cuidemos las amistades que nos hacen bien, las que nos permiten crecer, las que nos sostienen sin atarnos y nos acompañan sin invadir. Y quizás, al mirar nuestra historia, podamos descubrir que entre tantas cosas que fuimos acumulando, hubo algo mucho más valioso que cualquier objeto: personas que estuvieron, que dejaron una huella y que hicieron que nuestro camino fuera más cálido. Amigas, amigos... un tesoro que cuidar, agradecer y celebrar. Porque al final de la vida, probablemente no recordemos cuántas cosas tuvimos, sino cuántas veces nos sentimos queridos, acompañados y profundamente afortunados de haber coincidido con alguien en este maravilloso viaje de vivir... Namaste. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).
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